Masticar arena

Lo que cruje en los dientes, lo escupo acá. Poesía, cuentos, relatos, textos… letras.

La casa

Un día comencé a crear mi casa, comencé con las paredes, de primero blancas luego fueron de muchos otros colores con los años, con tus sonrisas rosadas, tus besos rojos, tus ojos cafés y luego verde por tus montañas. Terminadas las paredes, puse el piso, antes crecían nuestras flores en él ahora una torta de tiempo y recuerdos taparon la tierra café, ahora tengo macetas en donde poner las flores arrancadas de nuestra tierra. Seguí con el techo, pensé en las lluvias, en mis lluvias que tratan de llevarse todo y lo quise alto, con ventanas en algunas partes que dieran al cielo, para recordarte, para verte de día y de noche, verte danzar con la luna y las estrellas o asoleándote a medio día junto con la ropa que como velas de barcos, guiaban el viento a mis oídos. Quise cuartos para guardar cosas bellas o tristezas en gavetas, cuartos en donde poner nuestros cuadros, fotografías de ojos, pinturas de tus dedos al acariciarme o retratos de nuestras lágrimas, también dónde poner nuestras palabras que junté durante todo este tiempo, amontonarlas en estanterías, por fechas o por cómo salieron de tu boca. Hice un jardín, en donde plantar lo nuevo o enterrar lo muerto y recoger en mayo algunos frutos con olor a ti.

Terminado todo, olvidé una puerta, me quedé adentro, sin vos, en nuestra casa, en mi casa.

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Corazón verde

Verde musgo, corazón de bosque
que cuelga de los húmedos árboles de tus montañas,
musgo suave del que nacen pequeñas gotas
de tu amor sensible, oculto entre la niebla
de tu selva enamorada de la soledad.

Conocí tu luz, corazón de musgo,
en un mundo ya lejano,
empapado de tristezas y sismos,
luz que pintó cuadros de colores
y cantó muchas noches en soledad
al otro lado del teléfono.

Las noches y el frío que nos pertenecieron,
abrazos rentados al viento,
arrendamos alegrías
y falsificamos felicidad con otras sonrisas.

Ahora, la tarde nos toma,
el frío es nuestro
el mismo frío que sentimos
nos abraza
nos abraza nuestro abrazo, sin deudas,
sin falsas promesas,
nuestras almas acarician la felicidad en deuda.

Lejano nuestro cariño
como árbol viejo,
todas estas historias y
tantas ramas que abrazar,
bueno nuestro cariño
con olor a selva,
con raíces de manglar
que crean hogar y deja fluir vida,
nuestra vida.

Lléname de tu musgo, corazón verde.

Cartas a Noviembre

Cartas a Noviembre.

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¿Por qué eres así, Noviembre?

Tan rojo, tan nuboso, llenando las calles de tus vientos que mueven mi cabello, a las hojas de los árboles que me ven pasar, tus fríos que sonrojan los rostros grises y hacen que las personas se abracen o busquen un suéter en la soledad de sus abrazos.

¿Por qué me llevas a lugares donde el cielo me besó y el viento tomó mis manos, las abrazó y fui tan feliz?

Lugares que llenas de rojo, azul y frío, siempre iguales en mis recuerdos, siempre azules por tu cielos. Lugares donde los seguros fueron horas dentro de mi corazón, caricias que duraron instantes y aún siento en las palmas de mis dedos. Los meses anteriores a ti pronto cogieron vuelo. Nuestras palabras, Noviembre, fueron más que engaños a las verdades. Ya no temo a estos lugares, en el presente todo ha terminado, solo quedan cadenas atadas los recuerdos, a los lugares, a tus colores, a tu cielo.

¿Por qué el cielo es rojo detrás de tus montañas, Noviembre?

Me reencuentro con la quietud del pasado, ahora son retratos colgados en las paredes que solo puedo ver y sentir. La tranquilidad de las nubes naciendo de tus montañas, Noviembre, abrazan la eternidad de mis recuerdos, los reúne en el mundo de donde vienes y se convierten en fogatas que iluminan las paredes, los muros, las calles de mis pensamientos donde suenan tus vientos y no hay nadie a quien abrazar.

Abro los ojos, los buses suenan, dejan sus columnas de nubes falsas, llenan de pena las calles y con tus ojos viéndonos, me despedí, y la vi partir a tu montaña, Noviembre. La despedí con un beso en su frente y un abrazo, besé su partida, nunca pensé que esa sería la última vez que me despediría, bajo tu cielo gris y triste, al otro lado de tu montaña.

Sus ojos negros se iban al oscurecer, se iban dejándome una tristeza enorme que aún hoy cuento sus hojas, hojas de árbol grande, hojas de árbol con raíces en mí corazón, ese corazón que alguna vez latió contigo siendo iluminados por tus acuarelas, Noviembre.

Te hablo a ti, Noviembre, a ti que quemas el cielo pero no mis recuerdos, no su sonrisa, no su ausencia, no sus ojos, no su corazón triste, en mí.

Beso tu fuego, volteo al cielo y me quemo por dentro, ardes en mi mirada y ahora soy un cielo más, uno más en tus días, una hoja más, olvidada en algún cuaderno de cielos y horizontes, siento tu infierno frío, me consumes y me dejo llevar al otro lado, tiemblo ante la esperanza de sentir paz, la paz de un cielo rojo.

No me quiero bajar

¿A dónde vamos tan rápido?
Colas color gris, pies agitados
empujándose uno al otro,
llevándonos a esquinas, a rincones
donde la sonrisa no cabe más.

¿Por qué empujas?
el viento sopla, hay frío afuera,
tu aliento tibio me recuerdan a tus palabras,
a las promesas que se fueron
por la ventana abierta
y dieron tres vueltas flotando
entre el humo negro.

¿Nuestro pasaje?
me hago daño con los clavos/tornillos
que nos sujetan al delirio,
paso entre callejones de emociones
«soledad, soledad, soledad, hay espacio, vacío, vacío»
aunque no cabemos
nos abrazamos, haciéndonos chiquitos:
del tamaño de nuestro abrazo,
no me quiero bajar
solo no me quiero bajar, aún.

Me empujan a una puerta que desconozco,
al vacío que está lleno de luces y charcos,
veo por la ventana, nos veo sonriendo,
el pasado pasa de prisa
o nosotros vamos muy rápido
sin semáforos
pasando rápido los túmulos de tristeza.

Me agarro de lo que puedo,
me clavo a lo último de lo nuestro,
sé que tengo que dejar, olvidar, bajarme,
sé que tú ya no estás
pero sigo viajando bajo mi cielo gris
a un lugar que desconozco
a un lugar donde poder olvidar.

Certezas.

Los días han pasado y ya no sé si escribir sobre las alegrías o las tristezas, también están los días en que no siento nada y pasan como aire por ventanas sin cortinas.
Los cielos saben igual, no tengo duda y los suelos también se andan de la misma forma pero hay algo que no me deja respirar bien, algo que aprieta el corazón y no deja salir ni tampoco entrar oxígeno.
Mis manos han temblado más últimamente, después de una despedida, al salir la luna a medio día, en un abrazo, cuando suena aquella canción y lloro. Mis manos tiemblan y no dejan parados los edificios.
Las palabras dejan sus marcas, pequeñas grietas que dejan después de lamernos con sus lenguas ásperas y roñosas. Nos dejan con heridas llenas de sangre o heridas con sabor a beso y caricia, pero marcas al final de todo.
Encuentro lo que no quiero encontrar y no sé qué hacer con eso, lo tengo entre manos y trato de lanzarlo a otros lados sabiendo que de igual manera regresaran porque son hijos de círculos, de torbellinos y lanzan todo hacía su centro y luego a sus filos.
Certezas… la seguridad de un candado roto, de cercos tirados o la de un hogar sin puerta. Puedo seguir escribiendo pero sé que no haré nada más que retratar mis pensamientos en lugares donde no deberían de estar y aún así, acá estamos, haciéndoles espacio a las anécdotas, a las palabras sin sentido.